Friday, January 12, 2007

Cadena de favores

Estoy en el aeropuerto. Llegué una hora antes de lo previsto y se me ocurre preguntar si hay algún vuelo anterior al mío. Desde que vuelo por trabajo, descubrí que el pasaje no es un compromiso de partes. Una de ellas puede rescindirlo y las consecuencias no son las que “un hombre común” podría esperar (la teoría del hombre común se utiliza en cuestiones legales para dirimir situaciones en las que la legislación no tiene una regla que aplique. Lo logran planteándose la pregunta: “¿Qué haría un hombre común en este caso?”).

Un caso sencillo y conocido de resarcimiento unilateral sin consecuencias es cuando las aerolíneas deciden suspender un vuelo porque sí. Un impersonal altoparlante, de repente, te avisa: “El vuelo 3735 a Buenos Aires ha sido suspendido”. Y por más que patalees, grites o te quejes, el vuelo está suspendido. Uno esperaría algún tipo de resarcimiento pero lo máximo que logré fue un café y una porción de torta durante la larga espera.

Alguna vez me quejé en el sitio en Internet de la aerolínea y recibí una hermosa carta diciendo: “No tenemos política de resarcimiento”. Ingresé al sitio nuevamente, encontré mi queja y la reabrí preguntando: “¿Usted dice que si yo soy viajero frecuente, trabajo para una compañía que hace una docena de viajes por mes, contesto todas las encuestas que me envían, me saludo de tanto viajar con comisarios de a bordo y azafatas y, además, pago la tarifa más cara porque nunca planeo un viaje con una anticipación mayor a una semana entonces aplico a la regla general de –No tenemos políticas de resarcimiento-?”. La respuesta no llegó nunca.

Simétricamente, si es que existe algún tipo de simetría para con esta situación, si uno llega antes y pagó una tarifa alta, puede cambiar de vuelo y la señorita que te atiende en el mostrador no hace ningún tipo de gesto de desagrado. Esto no pasa cuando uno viaja pagando tarifa turista en un pasaje comprado con varios meses de anticipación, que es el caso normal de los que sólo viajamos por vacaciones, como lo hacía yo antes de estos dos años de vuelos internacionales todos los meses.

Terminé entonces viajando una hora más temprano de lo previsto. Para eso llamé a Argentina y pedí que el taxi que me iba a ir a buscar a las siete de la tarde me fuera a buscar a las seis. Esto es casi tan fácil como cambiar el pasaje y por un momento me parece que estoy en otro país. En realidad, estoy en otro país, pero los trámites los estoy haciendo en mi país, desde un celular. Me detengo un segundo a pensar en la cuestión “mi país”. Cualquier cuestión que tenga que ver con la territorialidad me remite a una discusión universitaria sobre si estaba bien que estudiantes extranjeros vinieran a cursar a nuestras universidades estatales. Recuerdo muy claro el diálogo en el que un amigo mío le contestó a alguien, que osó decirle que los bolivianos eran distintos, lo siguiente:
“Vos decís que si nacen dos bebés en el altiplano, uno del lado del Jujuy y uno del lado de Bolivia, a ambos lados de la frontera, van a ser diferentes?”.
Creo que ese día me aferré a una idea que me solucionaría varias discusiones en la vida, especialmente normales cuando uno viaja y se encuentra con otro itinerantes, y es: “Vos tenés derechos de territorialidad en el país en el que pagás impuestos”.
Con esa idea y los impuestos y los derechos y mi país, guardo el ticket de embarque, la cédula y salgo para migraciones, apurado. Cruzo todo el aeropuerto, llego a migraciones y empiezo a buscar el ticket de embarque, el papel de entrada al país y la cédula. El ticket de embarque aparece rápido, el papel de entrada al país es el señalador del libro que estoy leyendo, pero de la cédula no hay rastros. La regla aprendida en casa es simple y me acompañó toda la vida. Dice así: “Guardá las cosas siempre en el mismo lugar”. Esto aplicado a la billetera y la cédula se traduce en buscar en el primer compartimento de la derecha. Y ahí no hay nada. Bolsillos del pantalón, de la camisa, mochila, saco todas las tarjetas, entre el dinero y nada. Me empiezo a poner nervioso, salgo de la cola de migraciones, voy hasta el mostrador, le pregunto a la chica y nada. Tomo aire, me imagino yendo a la embajada. Me voy a un mostrador vacío, saco la billetera, saco las tarjetas que hay en el primer compartimento de la derecha. Entre la tarjeta de crédito y la de débito está la cédula de identidad. Siento una paz interior, parecida la sensación de meterse en el yacuzzi del hotel en el que estuve parando. Dentro de un rato voy a querer entender por que no la vi antes, pero ahora no importa, ahora hay que apurarse. Estoy retrasado y voy a perder el vuelo.

Llego a la fila de migraciones y hay unos diez chicos con la misma ropa deportiva. Trato de adivinar qué deporte hacen y por su contextura, por las zapatillas, por las “chuecas” de alguno, decido que son futbolistas (todos aquel que alguna vez jugó al fútbol sabe que los chuecos juegan bien). Es divertido tratar de adivinar que deporte hacen y me divierte unos segundos. Cuando el primero de ellos se acerca a la ventanilla se acaba la diversión. Le presenta al oficial de aduana unas tres hojas que el oficial decide leer en su totalidad. Durante la lectura chequea el permiso contra el documento del chico. El proceso es largo y en la pantalla de información, que es más impersonal que el altoparlante dice que mi vuelo está en horario. Hay cuatro oficiales atendiendo y en el equipo unos diez chicos. Mi optimismo natural me hace pensar que con los próximos no va a pasar los mismo. Soy optimista pero no puedo engañarme. El segundo vuelve a sacar un papel al igual que el tercero. Todos en la cola tienen papeles en la mano. Esto está mal. La señora que está detrás de mí me nota inquieto, me pregunta en qué vuelo me voy, le digo que estoy mal con el tiempo y me sugiere adelantarme en la cola. Me parece un mal ejemplo para los chicos. Encima soy argentino, en tierra límitrofe, y nos tienen como amigos de sacar ventaja. Miro los chicos, miro la pantalla. El estado cambia a abordando. Pido disculpas, agito el ticket en mi mano derecha, me adelanto y paso. El oficial que vio toda la situación me pregunta antes que llegue a la ventanilla el número de vuelo y cuando me parece que está por mandarme otra vez a la cola, alguien grita desde atrás de los mostradores “Pasajeros del vuelo 3854” y resulta que 3854 es el número que acabo de decir. El oficial que antes me caía mal resuelve mi situación con un sello y una celeridad que nunca antes había visto. Salgo de migraciones, corro hasta la puerta de embarque, en el camino escucho un altoparlante que dice mi nombre pero acentuándolo muy diferente a la forma en que yo lo hago. Corro, paso por los pasillos y llego jadeando. La señorita que corta los tickets me hace una sonrisa cómplice que me invita a relajarme.

Me subo al avión y el vuelo es bastante tranquilo. Cuando escucho la voz metálica por los altoparlantes del avión que avisan que van a servir algo de comer se me hace agua la boca. Concluyo que al mediodía no comí y que podría comerme tres o cuatro bandejitas de las que te sirven en el avión. Miro por el pasillo para ver si los carritos con la comida están saliendo y efectivamente se largó la repartija de bandejitas. Estoy estratégicamente sentado y soy de los primeros en recibirla. La azafata me pregunta que quiero tomar y no puedo contestarle porque estoy terminando el sandwich. Demoré en comerlo lo que ella demoró en servirle la bebida a los tres pasajeros del otro lado del pasillo. Me espera mientras trago y lo primero que me sale es: “¿Tomar no se, pero me podrías dar un sandwich más que hoy no almorcé, por favor?”. Sonríe y me da otra bandejita y otra vez me ofrece algo de tomar. Hago una evaluación rápida y concluyo que la única bebida de la cual te sirven suficiente como para digerir dos sandwiches es una cerveza, ya que te entregan una latita. Es cierto que nunca está fría y que podría usarla para cortarle el cuello al piloto y obligarlo a atacar la casa rosada, pero parece que una lata es menos cortante que la lima de uñas del cortauñas que tuve que abandonar en migraciones algunos viajes atrás o que los fósforos que llevo en la mochila. Disfruto mi cerveza y los dos refrigerios me calman el hambre provocado por el almuerzo salteado.

El avión aterriza y, aunque ya hace muchos viajes que no escucho el típico aplauso argentino homenajeando al piloto por tocar tierra, siento una mezcla de alivio por aterrizar más la admiración asociada a los aplausos que no escucho que están asociados a cualquier situación de aplauso. Es difícil de explicar, pero es parecido al agua en la boca por el anuncio de refrigerio y los perros de Pavlov a los que cada vez que le daban comida le hacían escuchar un silbato y con el tiempo el silbato los hacía babear. Si cada vez que sentís admiración aplaudís, la sensación de admiración se asocia con el aplauso. Si cada vez que el avión aterriza aplaudís, sentís admiración. Cada vez que un avión aterriza siento admiración, aunque no aplauda.

Se escucha por los altoparlantes la ridícula frase: “Los celulares pueden ser encendidos, pero cualquier otro equipo electrónico debe permanecer apagado hasta que el avión se detenga”. Este anuncio debe responder a la imperiosa necesidad de todo pasajero de avisar que llegó y a la imposibilidad de la tripulación de detener esta adicción a los celulares. Voy a viajar cien veces más y las cien veces me voy a reír cuando escuche este anuncio. Igual enciendo el celular. Yo también soy un adicto.

Paso por migraciones, free shop y aduana. Sólo me llama la atención el free shop donde creo que usan las mismas ideas que la de los casinos de Las Vegas. Siempre está abierto, siempre hay mucha luz artificial, las vendedoras y los vendedores son todos lindos y de plástico. Siempre es igual, no importa la hora, la temporada, la fecha del año. A lo sumo alguna promoción diferente.

Llega la última complicación del día. Estará el taxi? Hay un señor con un cartel con un jeroglífico muy parecido a mi nombre pero no está escrito como yo lo haría. Me acerco, me presento y, como vamos a compartir un viaje de una hora, decido intercambiar algunas palabras con el señor. Es amable y en pocos segundos y con esa facilidad que uno tiene para los prejuicios, el señor me cae bien. El auto es un Chevrolet muy cómodo, monovolumen, bastante nuevo. De repente mi teléfono empieza a hacer pip y me llegan todos los mensajes que me enviaron durante mis dos días de ausencia en el país. Los sms no funcionan como en Europa. Uno sólo me preocupa, es de un compañero que me dice que lo llame urgente.

Me disculpo con el taxista que sigue siendo amable y me estaba contando su experiencia trabajando como chofer de unos cineastas que vinieron a filmar una telenovela en Argentina. Llamo a mi compañero de trabajo que me avisa que me gané unas entradas para ver a Shakira. En mi trabajo sortean ese tipo de cosas que consiguen por lo que llaman “canje publicitario”. La empresa donde trabajo, cuando auspicia a alguien, recibe entradas que las sortean entre sus empleados. Las entradas que gané son cuatro y mi compañero quería que lo llame urgente porque el vive entre el aeropuerto y mi casa. Le comento al taxista, pero sin decirle que son cuatro entradas porque estoy seguro de que me las va a manguear.
El señor me cuenta que tiene una hija fanática de Shakira y que no consiguió entradas. Le digo que no me gusta y que si mi cuñada no las quiere se las voy a regalar. Después de llamar a mi cuñada y de mantener una conversación en la que me esmero por no decir el número exacto de entradas que tengo, termino acordando llevarle dos entradas. Corto y blanqueo la situación con el taxista. Le digo que le voy a dar dos entradas y el señor tiene una alegría que me hace pensar que su hija es realmente fanática.

El señor que ya me deleitó con sus historias de extranjeros cineastas, de un hijo futbolista que juega en la primera de un equipo de segunda división, de los viajes que hace para la empresa para la que yo trabajo, se pone serio y me dice, “todo vuelve”.

Resulta que un día los cineastas extranjeros le regalaron unas entradas porque uno de los actores de la película trabajaba en un canal de televisión argentino, y parece ser que a la gente del jet set le regalan entradas (a mi también, ahora que lo pienso, y puede ser que yo sea parte del jet set aunque lo dudo). El señor taxista, en una situación parecida a la que estamos viviendo ahora, recibió un par de entradas para ver un partido por las eliminatorias del mundial de Francia, algunos años atrás. Las entradas se las dieron el mismo día del partido. Ese día, un señor subió al taxi y le contó que era fanático de la selección y que venía de hacer tres horas de cola para conseguir una entrada. Tres horas, muchos pisotones, empujones y ninguna entrada. El taxista hizo lo que hoy hice yo y le regaló las entradas. Hoy tuvo su devolución.

Tres meses después estoy llegando a las nueve de la mañana al trabajo. Mi trabajo queda en una cortada mano y contramano. Doblo en la cortada y a cincuenta metros hay un enorme colectivo que la empresa utiliza para transportar empleados. Decido subir dos ruedas del auto a la vereda en una parte donde esta es más baja, para darle paso al colectivo. Estoy sobre el lado derecho de la calle y del lado izquierdo no hay ningún auto estacionado. Mi maniobra más la ausencia de autos le permitiría al chofer del micro pasar tranquilamente. Pasan unos segundos y ya está terminando de bajar la gente del micro. En ese momento, un taxi monovolumen bastante nuevo se estaciona a mi izquierda cerrándole el paso al colectivo. Sonriendo en forma socarrona le digo al taxista: “¿Qué hacés?”. Me contesta: “El mal educado sos vos”. No le debe haber gustado que sonría, pienso. A la mañana suelo tener mal humor y rápidamente me enojo. Este asunto no tiene una solución sencilla así que decido bajar del auto para tener una posición más cómoda para discutir el tema. Se que esta actitud no va a ser vista como una invitación a un intercambio de ideas y es probable que todo termine mal. Un temblor en mis manos al abrir la puerta me demuestra que todo mi cuerpo sabe de lo que está por pasar. Me acerco al taxi y me dice “El mal parado sos vos” sin darme cuenta que probablemente es eso lo que me quiso decir antes y no que era un mal educado. Estoy por abalanzarme sobre el taxi y lo reconozco. Es el de las entradas de Shakira. Le digo: “Yo te di las entradas para Shakira?”. “Siiii, gracias, cómo estás?”. “Esperá que acomodo el auto”. “Ahí pasa bien el micro”. Nos quedamos charlando un rato. Del temblor sólo quedan unas gotas de transpiración en la frente. Podría tener un ojo negro, podría estar sentado en la comisaría, podría haber pasado cualquier cosa.
Hoy tuve mi devolución.

Tuesday, July 25, 2006

Un viaje corto

Terminé de trabajar y decidí tomarme un colectivo. Me acomodé en la parada, me ajusté el mp3 player y me dispuse a esperar tranquilamente y a disfrutar de la tarde. La parada estaba copada por compañeros de trabajo. La cola en un principio me resultó demasiado multitudinaria pero, cuando levanté la vista y vi que era el lugar de detención de más de una línea, ya no me pareció. Es notable como esa sucesión problema-explicación genera una satisfacción tan placentera. Más aún, el placer es mayor cuando el tiempo entre la comprensión del problema y la explicación es más largo. A los pocos minutos, y como suele suceder en la mayoría de los casos, llegaron dos colectivos. El primero en parar fue el que yo no estaba esperando y el segundo comenzó a detenerse atrás de éste y, aunque revisando el episodio ya no estoy tan seguro, repentinamente decidió retomar su rumbo dejándonos esperando. Miré al colectivo para ver si estaba lleno y empecé a recordar a toda la familia del chofer. Mi primera reacción fue no hacer nada y esperar a que algún integrante de la fila hiciera el arduo trabajo de intentar detenerlo haciéndole seña o de correr al colectivo para que pare. Las décimas de segundo pasaban y nadie hacía nada. Fue entonces cuando decidí tomar las riendas del asunto y levanté mi brazo derecho ferozmente para indicarle al colectivero que se detuviera. En ese instante una chica que estaba detrás de mí, viendo que yo no avanzaba hacia el primer colectivo, había decidido adelantarse por mi derecha. Sentí el golpe de su mandíbula inferior contra mi antebrazo y después sus dos manos agarrándose de mí para no desplomarse. No sabía como contenerla, consolarla, disculparme y explicarle que no había sido mi intención. Ella estaba atontada y mantuvo su inercia hacia el colectivo sin dejarse interrumpir por mi certero golpe. Tan sólo se tomó el tiempo necesario para recuperar la rigidez del cuerpo, incorporarse y seguir. Algún tiempo más adelante volví a encontrarla, le pregunté amablemente cómo estaba, y volví a disculparme. Resultó ser una persona bastante desagradable y que, en lugar de aceptar mis disculpas, me dio un sermón sobre lo mal que hacía en no dominar mi cuerpo y mi fuerza. Soporté estoicamente tres reprimendas. Debí haberla golpeado otra vez a la segunda.

Después de ayudar a la mujer golpeada a recuperarse, vi que el colectivo estaba ahí parado, y que mi prejuicio hacia la raza de colectiveros me había jugado una mala pasada. Subí y empezaron los problemas que, por conocidos, no resultan más fáciles de resolver. No me gusta tomar decisiones. En mi trabajo tomo muchas decisiones y me exijo no llevarme trabajo a casa. Estoy parado enfrente a la máquina de sacar boletos y me abruma la pregunta. Setenta y cinco u ochenta centavos, esa es la cuestión (traducción por similitud fonética en Hamlet de question que debió haber sido castellanizada por pregunta). Elegir setenta y cinco obliga a explicarle al colectivero hasta dónde uno va y discutir por si una cuadra más o menos implica un cambio de tarifa o no. La diferencia de cinco centavos la puedo afrontar, tengo presupuesto para eso. Mi posición en el organigrama de la empresa, como ya dije, me obliga a tomar decisiones y eso demuestra que no estoy en la base de la pirámide. No debería fijarme en cinco centavos. Tomo aire, miro por el rabillo del ojo y veo al colectivero que espera ansioso mi pronunciamiento. Me resigno y digo ochenta. Perdimos otra vez, ganó la pereza.

Ahora estoy viendo la inmensidad del colectivo. Otra vez a decidir, pero esta vez hay que hacer primero un trabajo de campo. El trabajo consiste en ubicar asientos libres y dominar las variables de un viaje. Estas son acompañantes atractivas, luz, aire o el recibir un masaje en la próstata y tener un viaje placentero. Para corroborar esto último tuve que esperar a ser un adulto que se atreviera a chequear esto en un grupo de amigos. Toda la secundaria usé mochila para poder bajar del colectivo con ella cubriendo mis partes íntimas y evitar el papelón. Los días de gimnasia eran los peores porque la ropa deportiva de invierno dejaba en evidencia toda mi masculinidad. Una charla con un amigo que estudiaba medicina en la facultad me dio esa sensación placentera de la que ya hablé. En este caso la duda me había acompañado durante años por lo que el placer por encontrar la solución fue mayor. ¿Qué era lo que hacía que los colectivos me encendieran tanto la lívido? ¿Por qué era peor en los colectivos con suspensión neumática? “El traqueteo y los saltos del colectivo, sumados al asiento duro y al respaldo vertical, terminan haciéndote un masaje en la próstata” me había dicho mi amigo que aparte de futuro médico, tenía algo de técnico nerd.

No viendo compañeros de viaje interesantes y estando la última fila libre, me voy hacia el fondo a la búsqueda de mi masaje. Me siento, sonrío y pienso: “Qué lindo es viajar en colectivo”.

Dos paradas más adelante, se sienta al lado mío una chica con aspecto de estudiante. El vaivén del colectivo hizo efecto rápidamente y me surge una necesidad imperiosa de decirle algo. Reviso posibles temas y el primero que se me ocurre es hablar de libros. Eso me daría un aire intelectual que puede ser atractivo. Cruzando esa información con su aspecto, apostaría un boleto de colectivos a que leyó a Cohello. Yo hice lo mismo y lo hice, debo confesarlo, pensando en este momento. No hay otra razón por la que alguien podría leer un libro de autoayuda, si no es por su popularidad entre el público femenino y joven. Por un momento tengo miedo de que no comparta mi opinión sobre los libros de autoayuda conmigo y terminemos discutiendo. Decido buscar nuevos horizontes. Pienso en Bucay, y me parece haber dado en la tecla. No sólo tiene aspecto de estudiante, parece haber salido de la universidad de filosofía y letras o de psicología. Si fuera psicología, puedo ir viendo como reacciona. Cuando ya estoy decidido, ella se incorpora y toca el timbre de la puerta de atrás. Ahora me parece más bonita que cuando estaba sentada y me arrepiento de mi exceso de análisis.

Cambio la canción en el mp3 player, el colectivo agarra un pozo y otra vez el placer de viajar en colectivo.

Es el momento de buscar algún tipo de diversión, más allá de la de escuchar música. Decido entonces jugar a contar sin contar. Si uno ve tres personas no necesita extender su dedo como Jhon Travolta en Fiebre de sábado por la noche y decir uno, dos, tres. Sabe que eso es tres. Y una mano llena es cinco. El hombre que calculaba, el libro que todo nerd que se precie de tal debe leer, podía hacer esto para números de tres cifras. “En ese corral hay trescientos doce camellos” decía. “Es fácil, hay seiscientas veintitrés orejas, porque aquel tiene una sola”. Yo no pretendo ser el hombre que calculaba, pero aspiro a contar sin contar una docena de cosas. Abro bien los ojos, miro a todos los pasajeros, cierro los ojos y digo, son nueve. Vuelvo a abrir los ojos y hay una pareja que antes parecían uno. Otra vez, problema-explicación, satisfacción. Durante la burbuja de internet, época maravillosa, comparable con el renacimiento, tuve la intención de hacer un sitio web en el que la gente jugara a contar sin contar. Llegué a armar un plan de negocios donde el dinero volvía por publicidad en el lugar, como todo lo que se proponía en esa época. Llegué a entrevistarme con un posible inversor que me maltrató, después me dijo que era brillante y después me mandó a ver a un inversor “para principiantes”. Este tipo tenía algo que se llamaba “incubadora”, esto es, una empresa que acompañaba proyectos que estaban en sus inicios. Era interesante entender toda esta fauna, importada del Sillicon Valley, que demostraba que el sistema estaba organizado y no podía fallar. Cuando estaba haciendo mis primeros pasos la burbuja explotó y yo me quedé con mi idea y, desde entonces, juego solo a contar sin contar.

A veces cuento otras cosas. Esta vez me toca contar cuadras. Antes de subir al colectivo le pregunté a un compañero de trabajo que me dijo, contá diez cuadras después de Rivadavia. Otro momento de decisión, tengo que decidir si hacer cuenta ascendente o descendente. No es una decisión menor. La cuenta descendente, si no presto atención, puede llevarme a situaciones complejas como la vez en la que me bajé en la estación menos cuatro. Venía dormitando, contando... dos, uno, cero, menos uno... y seguí. Es verdad que ese día estaba muy cansado y hoy no es el caso. Contar en forma ascendente parece la solución y llegar hasta diez deja afuera el problema de si eran siete u ocho. Diez es diez. Tenemos diez dedos y nuestro sistema numérico es decimal.

Llegué a contar hasta cinco, el siguiente recuerdo es el de la chica que me toca el brazo y me zamarrea un poco para decirme: “Esta es la última parada, te quedaste dormido.”

El colectivero me mira por el espejo y me grita: “Vos habías sacado boleto de ochenta?”. Estoy dormido, de mal humor y sin contestarle me bajo corriendo. No quiero discutir, no quiero saber dónde estoy. Cuando estoy en una situación incómoda, en lugar de analizar y tomar una decisión, prefiero moverme, hacer algo, cualquier cosa. Bajar del colectivo tal vez sea una mala decisión pero quedarse discutiendo con el colectivero es malo. Bajo y, como una paloma mensajera, doy dos vueltas sobre mi mismo mirándolo todo. Primero a la altura de los ojos y luego hacia arriba. Tardo un rato en reconocer el lugar. Estoy en el borde de la capital federal. Ochenta centavos estaba bien.

Miro el bolso en mi mano y recuerdo por qué me tomé el colectivo. Iba a jugar al fútbol. Salí a las siete del trabajo y me sobraba tiempo, pensaba caminar por el centro. No puedo perder tiempo, tengo chances de llegar. Corro hasta Cabildo, llego a la esquina y decido parar un taxi. Antes de levantar la mano miro a los costados. Me subo, le indico y me calzo los auriculares. Esta es la mejor forma de deshacerse de un taxista. Veo en su espejita que me está mirando y mueve la boca. Con fastidio me saco los auriculares y le lanzo un “Perdón?”. “Qué que humedad que hay!”. Me pongo los auriculares y asiento con la cabeza. Se me abre una pantalla imaginaria y veo la entrega de los Oscars y a un comediante presentador, que extrañamente habla en castellano, diciendo: “El premio al más simpático es ...”. Sonrío y el taxista cree que le sonrío a él. De adolescente me habría preocupado qué iba a pensar el señor taxista. Ahora sólo me preocupa que no me hable.

El viaje transcurre sin mayores sobresaltos si es que uno puede aislarse de los bocinados, las peleas con otros taxistas, los colectivos que nos encierran y los repartidores de cómida a domicilio, que parecen empeñarse en arriesgar su vida en cada esquina. A mitad de camino me acuerdo que yo no había planeado este viaje. Eso quiere decir que no es seguro que tenga cambio en la billetera. De chico aprendí a preguntar al sentarme: “Señor, tiene usted cambio?”. Ahora tengo que decidir entre sacarme los auriculares y hacerme el simpático, para después preguntar o, poner cara de póker al final y, extender el billete. No se qué hacer, pero lo que es seguro es que si meto la mano en la billetera, tengo que tener previsto un plan por si no encuentro cambio. A veces me incomoda que el tipo piense que voy a sacar un arma. Esta vez no. Tomo valor y dispuesto a retomar la conversación desde el punto de la humedad, meto la mano en el bolsillo, sopeso la billetera y me parece que no tengo cambio. La abro y para mi sorpresa me encuentro con dos billetes de diez pesos. Sigo feliz escuchando música.

Miro el reloj y estamos a cinco minutos de comienzo del partido. Me saco la campera y la mento en el bolso. Estoy por empezar a sacarme el buzo y otra vez veo los ojos del taxista en el espejo. Ya soy un adulto, pero no lo suficientemente desprejuiciado como para cambiarme en el asiento trasero de un taxi. Sonrío nerviosamente y le digo que llego tarde a un partido de fútbol. En ese momento, a cinco cuadras de la cancha, el tránsito se detiende y avanza a paso de hombre. No aguanto ni veinte metros. Le pago, redondeando unos pesos hacia arriba y antes de que diga nada me bajo corriendo.

Llego a la cancha en punto. Son ocho, seguro que hay uno en el vestuario. Durante la corrida me saqué el buzo como para ahorrar un poco de tiempo. Desde la cancha me insultan. Corro y me cambio en dos minutos. El médico me dijo que tenía que calentar antes de empezar. El traumatólogo me dijo que pusiera especial cuidado en como me ajustaba las zapatillas y que tenía que vendarme el tobillo derecho. En dos minutos, todo esto no se puede hacer.

Llego a la cancha y el décimo todavía no llegó. Por llegar tarde, me obligan a quedarme en un costado hasta que llegue el otro. Estoy como un caballo que fue pichicateado antes de una carrera. Necesito correr. Estoy ansioso y desesperado. Recuerdo el consejo del médico sobre el calentamiento precompetitivo y suspiro mientras me digo a mí mismo: “No hay mal que por bien no venga”.

Tengo que cuidarme de no exigirme demasiado cuando corro de una punta a la otra y lesionarme antes de empezar. Mientras corro miro los dos equipos y, a mi enteder, el partido es parejo. Una duda me oprime el corazón. ¿Cómo jugará el décimo? Si es malo, cuando llegue, alguno va a decir la terrible frase “Uno para cada lado” y voy a enfrentarme a la terrible realidad. Soy malo para el fútbol. ¿Y si el décimo la rompe? Durante mi infancia, en el pan y queso me sentía igual que ahora. El pan y queso es el proceso por el cual se definen los dos equipos. Empieza en forma anárquica cuando alguno dice “Que elijan tal y tal”. A veces tal y tal son los dos arqueros, otras veces los dos mejores, unas pocas veces dos líderes que tienen que jugar al mismo nivel. Se acomodan a unos diez metros de distancia, enfrentados, y van caminando uno hacia el otro por turno, avanzando exactamente un pie cada vez. Esto se logra haciendo coincidir la punta del pie con el borde del talón del pie que avanza. Para cordinar los turnos, los contendientes repiten “pan” uno y “queso” el otro y esto da nombre a la ceremonia. El que pisa al otro es el que elige primero. Y empieza el martirio. Si te eligen entre los primeros es porque sos bueno. Si te eligen entre los últimos, obviamente, no sos bueno. Siempre puede pasar que el que elige haga honor a la frase de Dolina: “Mejor perder con amigos que ganar con ilustres desconocidos”.


A los cinco minutos llega el décimo. No lo conozco. Ahora la preocupación pasa porque ninguno se pelee, que no se vaya la pelota a la calle, que la pelota esté inflada pero no demasiado dura, que no se lastime nadie, que los equipos sean parejos, que no nos agarre el final de hora empatados, que no llueva, ya que el día está bastante feo.

Entro a la cancha sonriendo e inflando el pecho como el Diego. Todos los que amamamos el fútbol disfrutamos con sólo recordar esa estampa, ese trote con la cabeza levantada. El lo hacía con la pelota en los pies, yo lo hago para entrar a la cancha. Veo que alguno me mira con cara de: “Y por qué sonreís?”. Estoy en una cancha de fútbol, a punto de jugar, y ahora... ahora sí a disfrutar del mejor deporte del mundo.